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El día de las cosas perdidas

Sobre El día de las cosas perdidas

 

“El día de las cosas perdidas”: Lo cotidiano se transforma en extraordinario - Por Noe Bernardi Lo cotidiano se transforma en extraordinario

 

Perder para encontrar - Por Soledad Silvestre Perder para encontrar

 


 

“El día de las cosas perdidas”: Lo cotidiano se transforma en extraordinario

Por Noe Bernardi

Incluida en el sitio www.quehacemosma.com

 

¿Quién no ha vivido uno de esos días en que todo se pierde? ¿Quién no ha experimentado esa sensación de encontrar todo, menos lo que se busca? Grandes y chicos podemos identificarnos con el relato de ese momento tan cotidiano, tan familiar. Sobre todo, cuando hay niños en casa, las cosas pueden aparecer en los rincones más insólitos. Incluso, muchos llegamos a creer como Camila, la pequeña protagonista del cuento, que esas desapariciones y apariciones son un “misterio”.

El día de las cosas perdidas de Lilia Lardone, es una historia que, como punto de partida, rescata esa situación cotidiana en la vida de muchas familias. A veces todo se extravía, “un botón, los juguetes, las medias, las llaves…”, como bien explica el texto de contratapa en la edición de Edelvives, colección Ala Delta. Pero no todos poseemos las extraordinarias herramientas de Camila para buscar las cosas cuando se extravían.

El libro narra lo sucedido durante un día que aparenta ser como cualquier otro, tiene un “por la mañana”, un “por la tarde” y un “por la noche”; pero este día no es común, es especial - hasta casi llega a la categoría de personaje -. En su transcurso, Camila y la abuela Iris se la pasan buscando, primero la muñeca nueva y después las llaves del auto. Sin embargo, esto no les quita tiempo para ver la tele y, sobre todo, no les quita tiempo para leer.

Además, la obra cuenta con una importante presencia: el ejercicio mismo de la lectura, introducido mediante el cuento que Iris le lee a su nieta. Ese “relato dentro del relato”, se mezcla con la realidad de Camila, ya que usa las palabras mágicas salidas del libro de su abuela para encontrar las cosas que andan perdidas en su casa. “¡Tipitaun!, ¡Tipitaun!, ¡Tipitaun!”, dice; y asombrosamente, todo aparece.

Esta edición cuenta con hermosas ilustraciones de Gabriela Burín, las cuales hacen referencia a lo que va sucediendo en la historia, lo que permite a los más chiquitos seguir la narración con mayor facilidad.

Una vez más, Lilia nos acerca palabras deliciosas, como el helado que saborea Camila al final del cuento. Y además, los grandes nos quedamos con un pensamiento o un anhelo: ¡Qué bueno sería poder usar palabras mágicas para encontrar las cosas cuando se pierden!

 

Libro recomendado para niños a partir de los 6 años.

 


 

Perder para encontrar

Por Soledad Silvestre

http://quijotesyquijotinas2.wordpress.com/2011/03/25/perder-para-encontrar/

 

Una de las cosas que más me gustan de los libros de Edelvives es la comunión que generalmente consiguen entre texto e imagen. Va más allá de una estética o un estilo:  las ilustraciones de sus libros siempre cobran significado y en este sentido “cuentan” tanto como el texto mismo. Y El día de las cosas perdidas  no es la excepción.

En el libro, el tiempo se ordena en tres momentos: “por la mañana”, “por la tarde” y “por la noche” que se anuncian  como una pieza de puzzle, a modo de cartucho de historieta, en el margen superior de las páginas 7, 23 y 37.  

Cuando narramos lo que sucede en un día, un día como cualquier otro día, el relato peligra. ¿Qué contar? ¿Cómo hacer avanzar la historia? ¿Cómo mantener la atención del lector? Como quien arma un rompecabezas, Lardone nos va mostrando retazos de una narración que alcanzaremos a ver, completa, recién en las últimas páginas. Cada uno de esos retazos  parece una historia diferente: las cosas se pierden, la abuela cuenta un cuento, el Hada y la princesa Rosaluz cumplen deseos. Cuando esas historias –aparentemente diferentes– confluyen en una sola historia, un día como cualquier otro se vuelve interesante para ser contado. Camila, la protagonista, hace que el mundo posible que le cuenta su abuela en el relato del Hada y la princesa Rosaluz se le cuele en su mundo efectivo (¡Tipitaun!) y las cosas perdidas aparecen como por arte de magia, cumpliendo todos los deseos de la niña.

El trabajo de Burín no es menor. Por ella sabemos que la madre de Camila es ceramista; que su padre lleva el cabello largo, atado con coleta; que la familia toda es un poco desordenada (el detalle del papel higiénico debajo del sofá es genial). Enseguida se pone en funcionamiento el estereotipo; el buen estereotipo, ese que nos ayuda a representarnos mejor el mundo posible que se nos está contando: artistas, bohemios, un poco hippies, pacifistas (“Eran mejores los dibujitos de antes”, dice la abuela preocupada por las armas superpoderosas que usan los personajes de la tele), los integrantes de esta familia ayudan a que la “magia” se produzca. Y en esto se conjugan texto e imagen a la perfección: las llaves del auto aparecen cuando ya es tarde para ir al parque, pero por suerte a la mamá de Camila (la artista, la ceramista) no le preocupan tanto los horarios: “Por mí, vamos”. Y entonces, sí, como en un puzzle, todos los elementos encajan: el texto, las ilustraciones, el título, el cuento dentro del cuento que es un solo cuento. 

Para niños mayores de 6, y padres artistas, bohemios, pacifistas, un poco hippies, de esos que perdemos cosas a menudo solo por la magia de volver a encontrarlas.