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Cuando lo joven puede ser nuevo. A propósito de una antología de reciente publicación
01:09 AM, 20/5/2009

I. Hacia el final del texto que introduce Es lo que hay. Antología de la joven narrativa en Córdoba, Lilia Lardone (quien, además del prólogo, realizó la selección de los trabajos) afirma: “En síntesis, este libro presenta veinticuatro autores / veinticuatro textos y conforma un campo avasallante, si se tiene en cuenta la producción histórica en la provincia.”[1] El adjetivo avasallante parece destacar que en la actualidad, en la provincia de Córdoba, y en contraste con otros tiempos, el campo literario cuenta, entre sus actores, a una enorme cantidad de narradores jóvenes. Hay, no obstante, una diferencia de género que Lardone señala con más curiosidad que desazón: si los varones encaminan su escritura por los rumbos del relato las congéneres de sexo femenino prefieren, sobre todo, la poesía[2]; de allí que de los 24 textos seleccionados, sólo dos pertenezcan a mujeres.

 

Son muchos los escritores que, nacidos después de 1976 –ése es el indicador cronológico que la antología usa como instrumento de recorte y selección-, se dedican a la narrativa y que han encontrado en Córdoba el ámbito favorable para descubrir el oficio, perfeccionar sus herramientas básicas y darse a conocer como narradores. 

 Porque si bien varios de ellos han nacido en otras provincias de la Argentina[3] y residido en diversos lugares del mundo, es en Córdoba capital donde han cursado estudios de nivel superior, asistido a talleres literarios, participado de publicaciones colectivas y desempeñado tareas vinculadas, más o menos directamente, con la práctica de la escritura (en especial, el periodismo gráfico). Casi todos se han hecho narradores en la capital de nuestra provincia, con independencia de que sus partidas de nacimiento hayan sido confeccionadas en Capital Federal, Buenos Aires, Salta o San Luis.

Me detengo en este aspecto, que puede parecer ocasional o supletorio, o de un interés si se quiere sociológico, porque, a mi criterio, esta antología muestra que en Córdoba existe un campo literario muy activo, sobre todo en lo que concierne a su franja “emergente”: una narrativa nueva está escribiéndose, desde hace más o menos una década, y sus alcances no se limitan a la capital sino que se extienden a la provincia toda.

Es lo que hay tiene (y éste es un factor que celebro con entusiasmo) un carácter voluntariamente provincial, por eso admite la presencia de varios narradores que son oriundos de diferentes localidades cordobesas: San Francisco, Arroyito, Villa Carlos Paz, Marcos Juárez, LasVarillas, General Cabrera y Río Cuarto.

Me llama la atención y, a la vez, me enorgullece que Es lo que hay incorpore las narraciones de cuatro autores cuyo curriculum vitae reconoce cierta ligazón con Río Cuarto. Un par de ellos es nativo de la ciudad: Diego Bermani (1981) y Ramiro Pros (1986); y los otros los dos, Pablo Dema (General Cabrera, 1979) y Marcelo Díaz (Villa Mercedes, 1981), residen en la misma.

A continuación, comentaré brevemente sus textos.

II. Ramiro Pros filia su literatura con poéticas que se han vuelto residuales: Alfred Jarry, Eugene Ionesco, Macedonio y Cortázar (para nombrar a sus exponentes más obvios) son algunas de las influencias que el autor reconoce y de las que su escritura se apropia sin angustias, con un desenfado que resulta en un anacronismo tan inaudito como explosivo. En el marco de esas coordenadas puede leerse “Surrealistas en mi monoambiente”, la contribución de Pros a la antología. Un narrador autobiográfico recibe las visitas inesperadas de las figuras más conspicuas del surrealismo. Breton, Eluard, Aragon, Soupault, Man Ray, Dalí, Magritte y Artaud invaden su pequeño departamento. Después de permanecer un rato al resguardo de la lluvia, el presunto motivo que los ha impulsado a refugiarse en el monoambiente, todos se retiran al unísono y Magritte se lleva la reproducción de una de sus obras que cubría la mancha de humedad que va ocupando una de las paredes del departamentito para certificar su autenticidad. Imposibilitado de obtener una respuesta razonable acerca de la presencia de los extraños visitantes (que han muerto largo tiempo atrás), el narrador se queda contemplando la húmeda aureola que ya cubre toda la pared, y dice: “En fin, eso es lo que pasó con el póster que me regalaste, mirá qué mala suerte.”. Hay algo extraño, original y lúcido que se da leer en este texto cuasi teatral (en el que predominan los diálogos punzantes y las situaciones absurdas): la irrupción, inesperada y más bien cómica, del arte en lo cotidiano, una intrusión de lo transgresivo que pone en duda las imitaciones (el póster) y que parece decir que lo cotidiano e inmediato pertenece al orden del simulacro y de lo instrumental (una auténtica obra de arte no puede ser un objeto subsumido en la función de ocultar una mancha de humedad). Poderoso regreso de la vanguardia que adquiere, en “Surrealistas en mi monoambiente”, la forma incómoda de una parábola absurda y fugaz.

Igualmente anacrónica -en el sentido de lo inactual, de lo que se resiste con soltura y se coloca en una posición excéntrica con respecto a las modas literarias vigentes, siguiendo un impulso propio, personal- es la propuesta de Bermani. En “El milagro”, un cerdo toma la palabra para contar su embelesamiento con una perla que se desprende, por accidente, del collar de una niña que pasa llorando al costado de un chiquero. Una perla cae al barro, el hábitat del cerdo, y éste descubre, observándola, que ella activa su sensibilidad, potencia sus emociones. Brutal epifanía, parábola bizarra –típica del autor, dicho sea de paso. Kafkiano al extremo, Bermani pone en boca de un cerdo el relato de una alegoría desgarradora acerca de la experiencia estética. Nos hace oír y ver que la belleza puede alcanzar y apoderarse de cualquier tipo de vida. Después de haber admirado a la perla, el cerdo no le tiene miedo a su muerte cruenta y segura. El prodigio de la belleza lo ha vuelto demasiado humano.

Con precisión cronométrica, sutiles cambios de punto de vista y elipsis delicadísimas, Pablo Dema narra, en “El hijo”, el reencuentro entre un padre y su único descendiente. Después un tiempo prolongado, dos hombres vuelven a encontrarse, esta vez en el pasillo de una clínica donde está internada, en la sala de terapia intensiva, una mujer. Maestro incomparable de lo que se sugiere, de lo que se da entender sin redundancias ni subrayados, Dema va relevando, pausada y gradualmente, los vínculos sanguíneos que comparten los tres personajes de la historia. En “El hijo” predominan la notación puntillosa de las percepciones (en este caso olfativas) y el despliegue moroso del tiempo de la narración. Una suerte de realismo receloso de las convenciones miméticas, y atento, en cambio, a las mudanzas del punto de vista y al ensamblaje de la trama que, a pesar de su rigor, escapa a los mecanismos previsibles del cuento como género.

Un recelo semejante a la ideología de que el lenguaje puede reproducir pasivamente el mundo y la escritura ser una imitación cabal de la vida, exenta de mediaciones e interferencias, se destaca en “Lluvia”, relato que lleva la firma de Marcelo Díaz. El narrador en primera persona da cuenta de una curiosa historia de amor que lo tiene, junto a Melisa, como su protagonista central. El efecto de extrañeza que produce “Lluvia” en el lector, tal vez lo expliquen la difuminación casi fantástica de los anclajes referenciales, el montaje de episodios discontinuos, los abruptos saltos en el espacio y en el tiempo y la no menos sorpresiva paradoja de que, en “Lluvia”, para sus personajes al menos, el amor funciona como una lengua impropia, hecha de alejamientos, interrupciones y malentendidos.

III. Lo interesante (al menos para mí, claro) es que Bermani, Dema y Díaz están escribiendo sus ficciones en y desde Río Cuarto[4]. ¿Qué importancia cobra esta situación? ¿Qué se da a leer en o a través de la misma? Que, por un lado, los tres pueden escribir a cierta distancia de Córdoba, al margen de los circuitos y las instancias de legitimación capitalinos, en un enclave prioritaria (aunque no exclusivamente) local. Y que, por otro lado,  este distanciamiento –que no se mide en kilómetros-  se traduce en decisiones de escritura que, si bien les permiten reconocerse como parte de una comunidad imaginaria, de una fratría múltiple y heterogénea, también los distingue y singulariza en tanto que narradores.

No quiero (por favor) que se entienda este tramo del comentario como una defensa o una exaltación localista y, por lo tanto, mezquina a favor de la narrativa de Díaz, Dema y Bermani que opera, a la vez, y de un modo sibilino, como un ataque malicioso al resto de los participantes de Es lo que hay. No. Hice mi antología de la antología de Lardone, y mis preferencias establecieron este orden de mérito. Aquí va la nómina de autores: Hugo H. Rabbia, Emanuel Rodríguez, Javier Quintá, Federico Falco, Luciano Lamberti, Santiago Ramírez, Mariano Barbieri, Pablo Natale y Juan Cruz Taborda Varela.

IV. Si de verdad hay una tendencia narrativa emergente en Córdoba, y si lo que está emergiendo es verdaderamente nuevo, habría que detenerse en la razón de ser de esta novedad, en los motivos de su procedencia. No alcanza, para conceptualizar lo presuntamente novedoso de esta literatura que está abriéndose camino, con remitirse a los datos que provee el calendario, a una temática familiar o a una visión del mundo compartida. Habría que examinar más de cerca la factura singular de cada texto. Habría que preguntarse si, entre lo estrictamente individual de la escritura de cada uno de los autores elegidos y la situación generalizada por sus edades (que encuentra en 1976 una fecha tope), no es posible introducir otras mediaciones, marcar otras líneas de pertenencia y otras modalidades de agrupamiento. ¿No hay –me pregunto- en la joven narrativa que se escribe actualmente en Córdoba un orden residual, un orden dominante y un orden emergente (un resto de tradición o clasicismo, una tendencia más o menos hegemónica y una aparición de lo nuevo)?

Tal vez sin proponérselo, Lardone ofrece una respuesta a mis conjeturas. Cito el párrafo final del prólogo: “Es lo que hay, y la expresión se despoja por completo de cualquier connotación peyorativa, para transformarse en un colectivo fuertemente marcado por el tono de una época. Son los autores que tenemos, y reflejan el mundo que tenemos. Ni el fin de la historia, ni el fin de las utopías, ni el fin de nada. Sólo muchos comienzos, maneras distintas de develar dobleces de una realidad esquiva, cada vez más desafiante y enmarañada, con una lucidez sin claudicaciones. Como para comprobar que una vez más que el arte se penetra de realidad y la devuelve enriquecida.”

Enérgica y celebrante, Lardone nada dice acerca de lo inaugural de los “muchos comienzos”, ni de lo propiamente irreductible de las “maneras distintas”, y mucho nos dice sobre su posición de lectura: los autores de Es lo que hay “reflejan el mundo”, develan la realidad, la transfiguran y enriquecen. ¿Cómo no leer en la perspectiva que la prologuista adoptó para exponer los corolarios de su compilación, una sinopsis y, asimismo, una apología de los presupuestos ideológicos y artísticos del realismo? ¿Será, entonces, que lo que comienza, lo que está emergiendo en Córdoba, de la mano de la joven narrativa, consiste en una puesta al día de la estética realista, una prolongación y un retorno aggiornado (al tono circunspecto y descreído de la época) del realismo literario? ¿Será un realismo, que diverge y burla las ilusiones terminales de las filosofías post y de las estéticas que postulan el fin del arte, el régimen literario que domina y se impone en la joven literatura que se escribe hoy, en la provincia de Córdoba?

V. La imaginación desmesurada (a veces esperpéntica, otras lírica) de Bermani, el realismo exquisitamente lúcido (que se sabe artificio, caligrafía puntillosa, urdimbre de signos que confirman la abismal distancia que separa a las palabras de las cosas) de Dema, la creación de un relato que sospecha de continuo de sus condiciones de producción (y se muestra inestable, provisorio e incompleto) de Díaz, son más que meros agregados estadísticos, zonas indiferenciadas que la topografía de Es lo que hay releva con prolija urbanidad.

Son señales auspiciosas de que existen territorios indómitos, áreas liberadas y autónomas con respecto al régimen que imponen los postulados canónicos del realismo. Señales de que lo joven también puede ser nuevo.

 Y -es justo reconocerlo- Es lo que hay dispone, generosa, hospitalariamente, de un lugar para estos otros modos de intentar lo nuevo.

José Di Marco