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Sobre Puertas adentro

Revista Tramas (para leer la literatura argentina), Vol. número 10, 1999, página 178-179.
Por Carlos Gazzera

Zaguán, bragas y la moral piamontesa
Puertas adentro, por Lilia Lardone, Alfaguara, Buenos Aires, 1998, 154 páginas.

¿Estoy dispuesto a aceptar que esta novela es muy buena? Sí. ¿Soy consciente que al catalogar este relato de Lilia Lardone como uno de los mejores textos de la literatura argentina "escrita por una mujer" me expongo a una impugnación sexista? Sí.

Estoy plenamente libre de toda sospecha crítica en Córdoba? Nunca.

Estaría dispuesto a sostener que esta novela es una de las mejores escrita por un autor cordobés en el último lustro? Sí.

Aceptaría la autora y la crítica mi hipótesis de lectura al ubicar este relato como una de las novelas políticas más corrosivas de nuestro imaginario cordobés-piamontés? Estimo que no. Sin embargo, estoy empecinado en señalar que Puertas adentro es el más desafiante y provocador relato que un autor cordobés podría haberse atrevido a escribir en esta Córdoba decadente de fin de siglo. No por ello, --por mi empecinamiento, digo--, Lilia Lardone venderá más libros ni obtendrá el reconocimiento de sus pares. Puertas adentro es un gran relato que se sostiene por su nivel formal, por la capacidad de su autora de forjar una escritura sin golpes bajos ni apelaciones a una historia supuestamente "no oficial". Puestas adentro demuestra que la buena literatura se escribe con trabajo y voluntad de hurgar en las estructuras lingüísticas que sostienen las más elementales leyes del relato de una comunidad. Y ese es el acierto de esta novela: no hay artificios, no hay efectos de escritura hacia los géneros del mercado, no se busca más que devolverle a la comunidad el lenguaje con el que esa comunidad se instaura y diferencia. El manejo del monólogo es notable, el uso parco del diálogo no tiene el habitual uso de tapar la falta de un oficio narrativo como ocurre en muchos casos y, los personajes están nítidamente perfilados sobre estereotipos rotundos sin que por ello se note en ello una dificultad.
Puertas adentro narra una "micro-historia" como esas que pueblan los sórdidos pueblos de colonos rurales de nuestra pampa gringa, donde ya no caben los relatos de héroes ni los relatos de mártires venidos a "hacer" el país. Se habla de esos pueblos atestados de una imaginería prejuiciosa, en donde los roles estaban fijados de antemano y la virginidad de esas "muchachas de pueblo" se guardaba para el matrimonio. Sin embargo, los zaguanes eran testigos mudos de amoríos y de bragas perdidas. Y, desafiar esas estructuras, significaba ser sancionado de por vida. Por eso, el clima de la novela juega a desplazar permanentemente los significantes de ese pacto social y arrastra al lector a descreer que lo peor siempre es dramático. Lo verdaderamente "dramático" se inscribe en esa cotidianidad incuestionable, en esa morosa realidad conservadora y asfixiante de una moral que postula "haz lo que yo digo y no lo que yo hago".
¿Este tipo de relatos no tiene antecedentes? Sí.

Esos antecedentes podrían atentar como una falta de "originalidad"? No.

Se modifica su anclaje en la literatura argentina? Jamás.

Por qué? Porque el anclaje de este tipo de relatos se funda en la tradición inaugurada en nuestra literatura por Manuel Puig. Y, como ha señalado Alberto Giordano, Puig construye una "literatura menor" cuyo efecto, siempre político, no se mide en la "originalidad" sino en su inscripción en una tradición cuya acción es producir un asalto demoledor a las corrientes fundadoras de una literatura cuyos relatos siempre han elidido la confrontación con los márgenes. "Menor", por mujer y por cordobesa, el relato de Lilia Lardone pone en crisis los relatos "fundadores" de una moral que, como comunidad, nos queda por demoler desde sus cimientos más antiguos.